Comisión Nacional para la Conmemoración de los Bicentenarios de las Independencias de las Repúblicas Iberoamericanas

Video de la            Intervención 

 

Palabras de la Vicepresidenta Primera del Gobierno Mª Teresa Fernández de la Vega 

 


Intervención de la Vicepresidenta Primera, Ministra de la Presidencia y Portavoz del Gobierno en el acto institucional en Conmemoración de las Independencias Iberoamericanas
Madrid, lunes, 11 de mayo de 2009
 
Vicepresidente, Ministros, autoridades, Señoras y señores,


En los próximos años los países Iberoamericanos conmemoran los bicentenarios de su independencia. Es un acontecimiento de un enorme contenido emocional, simbólico y real para toda la comunidad iberoamericana, porque lo que se recuerda es ni más ni menos que la fundación de los países que la componen.


Cuando pensaba en este bicentenario y en lo que significa esa parte de nuestra historia para el presente en el que todos habitamos, he recordado un relato de Borges, El jardín de los senderos.


En ese breve cuento, el autor argentino describe un jardín con un laberinto temporal en el que cada persona puede elegir varias veredas para caminar. Como imaginan, esta circunstancia da lugar a distintos porvenires, a trayectorias y destinos diferentes pero llamados a converger, a cruzarse, a encontrarse en un universo cada vez más complejo pero que sigue siendo un espacio compartido por todos.


Como en el relato de Borges, cada uno de los países de la comunidad iberoamericana hemos seguido caminos distintos, pero nuestra historia está entretejida de momentos compartidos, de una proximidad, una familiaridad cultural, histórica, sobre la que hemos dibujado los perfiles de una identidad, de una cercanía que, incluso cuando más difícil ha sido describirla, todos hemos alcanzado a sentir.


Creo que, doscientos años después, podemos ver que lo más importante de aquel tiempo que hoy recordamos no fueron los levantamientos ni las batallas, tampoco las derrotas o victorias.


Fue el deseo de autonomía, de independencia frente al absolutismo y la arbitrariedad, lo que escribió una de las primeras páginas en la historia moderna de la lucha de la humanidad por su libertad.


Fue sobre todo aquel un tiempo de esperanzas y promesas. La promesa de una ciudadanía libre, dueña de su propio destino, abierta a un futuro en el que cada ciudadano puede participar y decidir por sí mismo y junto a los demás.


La esperanza del progreso, de la modernización económica, política, social. De la afirmación del constitucionalismo, de la democracia, de la libertad que a veces con dificultad, pero siempre con determinación, se ha abierto paso en España, en Iberoamérica y se abre paso en todo el planeta.


Por eso España quiere acompañar a toda Iberoamérica en estas conmemoraciones. Hoy los países de la comunidad iberoamericana somos más avanzados y más libres porque hubo quienes creyeron que era posible una nueva vida y trabajaron por ella.
Creyeron que la libertad sin igualdad se convierte en privilegio para unos pocos y servidumbre para los demás.


Que, para ser real, la oportunidad no debe depender de la fortuna o el azar del nacimiento sino del mérito y el esfuerzo de cada cual. Y eso, señoras y señores, merece ser recordado.
Merece la pena que lo recordemos, sí –especialmente en estos momentos en los que tantos hablan de desafección política, de apatía, de ausencia de implicación colectiva-, merece la pena que recordemos que frente a la resignación y el fatalismo, hubo quienes decidieron dar un paso adelante, ponerse al frente de sus sueños y hacer realidad el nuevo mundo.
 
Señoras y señores,
Siempre he creído que el sentido fundamental de la política es conjurar el miedo, el miedo a la pobreza y el desamparo, el miedo a ese vértigo de la libertad, a saber que el futuro sólo depende de nosotros, el miedo a la diferencia, el miedo que inmoviliza, que paraliza proyectos e ilusiones.


Durante años todos hemos sido conscientes de que circulábamos por una carretera con numerosas señales de emergencia. Sabemos, que nuestros modelos de crecimiento tienen un enorme coste medioambiental, que hemos de transformar nuestro modelo energético.
Sabemos que, mientras el mundo gira ya, en buena medida, en trono a la era de las nuevas tecnologías, debemos luchar por acortar, y no acrecentar, la brecha de la desigualdad.
Sabemos que vivir en un mundo más estable y más seguro ante los vaivenes de la economía, pero también ante la arbitrariedad, ante la desigualdad, ante la violencia, nos va a exigir a todos mucho más.


Y hoy ya no queda otro camino que responder con rotundidad a todos estos desafíos.
En nuestros países, en cada casa, en cada calle, en los medios de comunicación, oímos hablar estos días de incertidumbre ante un porvenir que parece más abierto que nunca, de preocupación por un mundo que en apenas unos meses ha visto sacudidos sus fundamentos económicos y sociales.


La comunidad Iberoamericana, como todo el mundo, se encuentra de nuevo ante una encrucijada histórica. Y creo que recuperar y volver a dar vida a sus ideales y sus sueños es el mejor homenaje que podemos hacer a los bicentenarios y a sus protagonistas.

Debemos mirar aquellos acontecimientos no como se vuelve la mirada a un lejano pasado, sino como la expresión de un compromiso colectivo con aquellos valores que hace dos siglos conjuraron el miedo, abrieron el nuevo mundo, y sobre los que debemos construir el mundo nuevo de este siglo XXI.


Porque si en estos meses es mucho lo que hemos oído hablar de temor e incertidumbre, también hemos escuchado algo más; algo que comenzó siendo un suave murmullo y que ya tiene la fuerza de una convicción repetida a viva voz en todo el planeta.


Una convicción que nos recuerda de nuevo aquellas palabras que ahora cumplen doscientos años. La convicción de que podemos cambiar, de que nunca debemos renunciar a construir un mundo mejor. Ha llegado el momento de dar un nuevo paso al frente y tomar las riendas de nuestro destino.


Ha llegado el momento de hacer frente a los retos que amenazan el progreso y el bienestar en este nuevo tiempo global y unirnos contra los verdaderos enemigos de ayer, de hoy y de siempre, la miseria, la desigualdad, la desesperanza, la falta de horizontes, la avaricia de unos pocos construida sobre las espaldas de los demás.


Ha llegado el momento de construir entre todos una nueva realidad.
Vivimos uno de los momentos de mayor complejidad de nuestra historia. También en este inicio del nuevo milenio hay muchas posibilidades entre las que optar, también ahora se abren ante nosotros diferentes caminos y poco a poco vamos desenredando la madeja en la que en los últimos meses parecía haberse convertido nuestro futuro.


Hoy vemos más claro que nunca que, frente al vacío de sentido y a la ambición económica desmedida, el imperativo categórico de nuestro tiempo es la responsabilidad social y global.
Frente a ese supuesto pragmatismo que confundía valor y precio, comienza a atisbarse que el realismo político debe construirse sobre el diálogo, sobre los valores compartidos, sobre la cooperación y el acercamiento de pueblos, culturas y civilizaciones.


Frente a quienes, hace apenas unos meses, aún condenaban los modelos de protección social y propugnaban la desregulación, comienza a abrirse paso la idea de que la única vía de futuro posible por sostenible es trabajar por consolidar el estado social, necesitamos unos poderes públicos, que hagan –no de la intervención desmedida y la autoridad sin límite- sino de la responsabilidad social y global, su misma medula espinal.


Necesitamos avanzar hacia un mundo que se apoye en esa protección social básica, a la que ni debemos, ni podemos renunciar, una protección entendida en su sentido más amplio y actual.


Por que hoy esa protección social básica pasa por conservar la naturaleza, pasa por hacer un desarrollo económico responsable; pasa por la igualdad de género y la solidaridad nacional e internacional.


Pasa por todos esos valores, entre otras cosas, porque de su desarrollo depende no solo la estabilidad económica y social, sino el concepto mismo de libertad.


Un mundo en el que la voz de los veintidós países y los 600 millones de personas que constituimos la Comunidad Iberoamericana se tiene que hacer presente como protagonista de primer orden porque en eso, en caminar, unidos, en dialogar, en compartir espacios, valores e intereses, estamos en la vanguardia mundial.


Nuestras relaciones políticas, económicas, sociales, se han intensificado año tras año y no creo equivocarme al señalar que nunca antes la comunidad Iberoamericana ha sido tan consciente de su identidad y de su interés en caminar al unísono.
Creo también, estoy convencida de ello, que ante un mundo que aún se está definiendo y que busca nuevas certezas, ese es nuestro mejor capital social.


Un capital cimentado sobre un pasado compartido pero proyectado hacia el porvenir. Construido por nuestros Gobiernos sobre unas relaciones políticas estables, leales y duraderas, pero también por nuestras sociedades, por nuestras empresas, por nuestros ciudadanos, por esos emigrantes que han comunicado las dos orillas del atlántico buscando hacer realidad sus mejores sueños.


En estos últimos años hemos sido capaces de profundizar nuestras relaciones y estrechar nuestros lazos en todos los ámbitos. Hemos aumentado y mejorado los mecanismos de concertación política. Aprobado proyectos de cooperación en campos tan relevantes como la educación, la sanidad, la ciencia, la tecnología y la administración.


Creo que es un camino en el que debemos perseverar, impulsando nuestras relaciones políticas y sociales, incrementando nuestra concertación, reforzando nuestra identidad compartida. Haciendo de la cumbres iberoamericanas un espacio efectivo y cada vez más influyente de articulación política, de definición de una voz iberoamericana que debe tener un lugar destacado, el lugar que merece, en el coro de las civilizaciones de nuestro planeta.
Hace ya dieciocho años que celebramos la primera Cumbre Iberoamericana. Dimos entonces los primeros pasos en el establecimiento de estrategias comunes de progreso político, económico y social.


En los años que han transcurrido desde entonces, hemos visto como todo el continente ha experimentado cotas de progreso social, político y económico desconocidas hasta ahora y que nos permiten hacer frente a la crisis actual en las mejores condiciones que Iberoamérica ha tenido en décadas.


Creo que en este momento de dificultades, en este momento en el que todas las miradas están vueltas hacia la evolución de la maltrecha economía mundial, es importante ser plenamente conscientes de que la ampliación del bienestar material, de la estabilidad política, económica y social no sólo coincide con la democracia sino que es precisamente el resultado directo de su extensión.


Debemos tener siempre presente que el avance de Iberoamérica ha sido un avance en la democracia, con la democracia y a través de la democracia y que obtener un saldo positivo en la cuenta de resultados económicos ante la crisis actual pasa por invertir en la cuenta de los derechos ciudadanos, en la cuenta de la capacitación política y social y de la estabilidad institucional.


Por eso, en estos momentos de dificultad en que tan fácil es deslizarse hacia la demagogia o buscar ganancia en río revuelto, es más importante que nunca seguir profundizando en el perfeccionamiento de nuestras democracias, en el robustecimiento de las políticas públicas y, en definitiva, en la implementación de los derechos de los ciudadanos.
Eso sí, tenemos que adaptarnos a los nuevos tiempos, tenemos que responder a los nuevos retos, y lo vamos a hacer así. Vamos a invertir en sostenibilidad y energías limpias. Vamos a apostar por la innovación y la formación, que van a ser los temas centrales de la Próxima cumbre de Lisboa.


Vamos a hacer que esta generación, la generación de los bicentenarios, sea la mejor formada y la más capacitada de la historia iberoamericana.


Lo vamos a hacer profundizando en este espacio de encuentro y progreso que es Iberoamérica, y sobre todo fortaleciendo las conquistas políticas y sociales que hemos alcanzado.


Porque el sustrato de todo progreso y la auténtica riqueza de un país es su capacidad para responsabilizarse colectivamente de los riesgos sociales que impiden a las personas desarrollar su vida por sí mismas.


Porque una sociedad realmente avanzada es una sociedad que asume como su mayor activo la extensión de derechos, la estabilidad política, la capacidad de inclusión y participación que son los pilares del avance que hemos experimentado en los últimos años y que han hecho de la Comunidad Iberoamericana una tierra de progreso y un actor esencial en el escenario internacional actual.


Es una sociedad que quiere y busca la colaboración, la cooperación, las respuestas comunes a los problemas comunes.


Esa es desde luego la convicción del Gobierno de España. Por eso hemos hecho y vamos a seguir haciendo de las relaciones con nuestros socios iberoamericanos un espacio preferente de nuestras relaciones económicas, y de nuestra cooperación política y social.
La fortuna ha querido además que dentro de unos meses tengamos la oportunidad de asistir a la conjunción de esa doble alma europea e iberoamericana, iberoamericana y europea, de España.


Como saben, en el primer semestre del 2010 a España le corresponde asumir la presidencia de la Unión Europea y también seremos la sede de la Cumbre birregional entre la Unión Europea América Latina y el Caribe.


Es una ocasión que no vamos a desaprovechar para hacer que la voz de Iberoamérica se escuche más fuerte que nunca en Europa y para acercar más Europa al corazón de Iberoamérica. Para perfeccionar esas uniones de las que formamos parte y entre las que queremos servir de puente.


Para avanzar y profundizar en los acuerdos de Asociación con Centroamérica, la Comunidad Andina y MERCOSUR y estrechar los lazos políticos, económicos, culturales y sociales de dos ámbitos regionales llamados a ocupar un papel destacado en la geografía política, económica y social de la globalización.


Señoras y señores, amigos y amigas
En ese relato al que antes me refería, que el propio autor describe como un libro interminable e infinitamente abierto, Borges nos aconsejaba pensar sobre nuestro presente y nuestro porvenir reflexionando también sobre los caminos que hemos recorrido y que nos han llevado hasta aquí.


Los bicentenarios nos ofrecen a los países iberoamericanos una oportunidad inmejorable para reflexionar sobre nosotros mismos, sobre quiénes somos y sobre el lugar que queremos, podemos y debemos ocupar en este mundo crecientemente interdependiente.
Nos ofrecen, a países que compartimos historia, lengua y cultura y que mantenemos unos vínculos políticos, económicos y sociales muy especiales, una oportunidad para articular una agenda compartida y responder conjuntamente a los retos y oportunidades que nos presenta el siglo XXI.


Una oportunidad, tal y como ha señalado el Presidente del Gobierno de España, de abrir una nueva etapa y dar un impulso mayor a nuestras ya muy intensas y positivas relaciones.
Estos años en los que conmemoramos los bicentenarios nos ofrecen, en definitiva, la oportunidad de volver a escribir una página de nuestra historia, de elegir y recorrer unidos el camino de nuestro futuro en ese jardín de los senderos en el que se ha convertido el tiempo que vivimos.


Estoy segura de que, como iberoamericanos, sabremos aprovechar la oportunidad de protagonizar también la construcción de este nuevo mundo.


Muchas gracias.

 

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