Mario Hernández Sánchez-Barba. En una cronología estricta, el fenómeno de la Independencia de España frente a los designios del “bloqueo continental” de Napoleón Bonaparte, fue el primer movimiento nacional europeo que se opone radicalmente a tal designio; el pueblo español adquiere personalidad comunitaria ante una crisis política de gran calado que se gesta desde el año 1788, en que muere Carlos III y culmina en 1808, año en que cae Carlos IV así como su valido Godoy, se proclama rey Fernando VII y se produce la intromisión de Napoleón en los asuntos de España.
La situación interna de España y la línea política internacional se interrelacionan, en el total espacio atlántico occidental, a lo largo del siglo XVIII, en el que América adquirió pleno protagonismo histórico tras un long run de tres siglos (del XV al XVIII) estudiado por Fernand Braudel en su magistral obra Civilización material, Economía, Capitalismo (1979) a través de la secuencia “mercado”, “intercambio”, “idea”, en una línea de acceso al Capitalismo, en el área oceánica, la Europa de las naciones hegemónicas y la América que entra en el vértigo de las revoluciones de independencia y los correspondientes fenómenos de cambio histórico en un tiempo largo que puede estimarse en un siglo, entre 1767 y 1867, en cuyo transcurso se producen las independencias de las colonias inglesas de América del Norte, la república negra de Haití, la América Española, Brasil y Canadá. Se trata de un momento culminante de la modernidad, en plena apertura a la contemporaneidad.
En el conflicto secular entre Francia y Gran Bretaña, hay que situar el proceso universal revolucionario y el inicio del fenómeno de descolonización que afectará primordialmente al continente americano en virtud de instancias internas, que han prendido la conciencia de independencia como camino de la libertad política y, sobre todo, económica. Un conflicto, en definitiva, universal con raíces profundas y diversas que quizá pueda tener un momento de cristalización en el año 1776, en el que coinciden tres importantes novedades indicativas de un “tiempo de cambio” importante en el triple terreno del pensamiento económico, la voluntad de independencia y las reformas administrativas. Sin duda, la coincidencia en ese año de la aparición del libro de Adam Smith, La riqueza de las Naciones, de la “Declaración de Independencia de los Estados Unidos” redactada principalmente por Thomas Jefferson y las reformas comerciales, administrativas y económicas llevadas a cabo en la América española por el Ministro de Indias José de Gálvez, constituyen un claro exponente de un cambio de situación, junto con la revolución francesa y otros movimientos de inquietud nacionalista, fundamento social e incorporación de las sociedades populares al protagonismo histórico, en un verdadero “momento revolucionario”.
Sin duda, entre 1808-1814, España vive un complejo proceso político, una profunda revolución social interna que, a la vez simultáneamente, fue una guerra de liberación nacional, una guerra de opinión e ideas, una guerra civil y una revolución política-institucional, todo ello en un amplio marco de conflicto internacional. Fue un trance profundo que fortaleció los cimientos de la Nación. Véase, por ejemplo, cómo la Junta de Gobierno de Vizcaya, a comienzos de agosto de 1808 proclama: “Los vascongados a los demás españoles: Españoles somos hermanos, un mismo espíritu nos anima a todos… olvidad vuestros nombres regionales y no os llaméis sino españoles.”
El protagonismo de la sociedad española ante la ausencia del monarca, se puso de manifiesto en la comprometida redacción de la Constitución de Cádiz, llevada a cabo en las Cortes Generales convocadas por la Regencia del Reino. Fueron elegidas cerca de trescientos diputados que acaso nunca llegaron a reunirse, pues sólo ciento cuatro estamparon su firma en el Acta de apertura, ochenta más firmaron la aprobación de la Constitución (19 de marzo de 1812); doscientos veinte figuran en el Acta de disolución de las Cortes (14 de septiembre de 1813). Las ideas ilustradas pertenecen a Gaspar Melchor de Jovellanos; cuatro de los padres de la Constitución fueron Agustín Argüelles, Diego Muñoz Torrero, el conde de Toreno y Juan Nicasio Gallego. Intervienen numerosos representantes de los Reinos españoles de América. La Constitución, redactada en un pequeño reducto territorial bajo el fuego del enemigo francés, fue redactada por auténticos héroes de las ideas, tanto o más que los que fueron fusilados en la Moncloa o masacrados en la Puerta del Sol por la caballería mameluca. Con razón Don Emilio Castelar pudo pronunciar la bella frase con que ponemos fin a esta reflexión: “Las naciones que olvidan los días de sus sacrificios y los nombres de sus mártires no merecen el inapreciable bien de su independencia.” (Mayo, 2009)