Comisión Nacional para la Conmemoración de los Bicentenarios de las Independencias de las Repúblicas Iberoamericanas

El lenguaje de la modernidad en Iberoamérica: Sexto panel 

 


Concepto de Liberalismo

Fue introducido por la ponencia de Javier Fernández Sebastián (España) titulada “Liberalismos nacientes en el Atlántico iberoamericano. “Liberal” como concepto y como identidad política, 1750-1850”, en la que señaló de entrada que se han atribuido a este concepto usos muy polémicos a lo largo de la historia, dependiendo de los lugares, los momentos y las circunstancias, y que finalmente fue perfilándose en todo el mundo occidental como un macroconcepto legitimador de las nuevas instituciones, y en consecuencia, como un concepto-guía de la modernidad. Y ante esto, no importa tanto la procedencia territorial o nacional de las ideas, sino como se servían los sujetos del lenguaje para incidir sobre las realidades políticas que les rodeaban y moldearlas de la manera más favorable a sus propósitos, o responder a los sucesivos retos que la agitada vida política y el debate intelectual les planteaban.

A partir de la segunda década del siglo XIX fueron cristalizando nuevos sentidos hasta convertirse en un concepto fundamental, insustituible en los discursos políticos del mundo iberoamericano. Curiosamente “partido liberal” y “liberalismo” aparecen en primer lugar en un país relativamente periférico de la Europa occidental, como lo era entonces España, lo que nos hace sostener que el primer liberalismo así denominado es en buena medidas un producto del febril laboratorio político abierto en el mundo iberoamericano a partir de 1808. El objetivo de esta ponencia es señalar dónde se hizo uso del rótulo y en qué sentido, y no juzgar a los hombres del pasado, ni examinar el concepto de “liberalismo hispánico” o “liberalismos hispánicos”.

Liberal/liberalismo no fue un concepto fundamental hasta bien entrado el siglo XIX. Sólo empieza a emerger (sus seguidores se reconocen y son reconocidos como tales) a partir de 1820. Su recepción en el lenguaje político de la mayoría de los países de la región tuvo lugar de manera escalonada. El liberalismo –que con el tiempo sería considerado también una ideología o “cuerpo de doctrina” centrado en el individuo y sus derechos- era sobre todo un lenguaje, una modalidad especial de discurso que pivotaba sobre ciertas palabras clave: libertad, nación, felicidad, igualdad, reforma, representación nacional, entre otras. El salto desde las “ideas liberales” al “liberalismo” fue enorme y se produjo en la lengua española a finales de 1810, cuando, primero en el Cádiz de las Cortes y un poco más tarde en toda la Península y al otro lado del Atlántico, un grupo de diputados y publicistas empezaron a ser llamados “liberales y se escucharon por primera vez vocablos como “partido liberal” y “liberalismo”.

El experimento hispano de las Cortes de Cádiz, hizo, entre otras cosas, que durante una década los únicos liberales conocidos bajo ese nombre fueran los españoles –europeos y americanos-, y por eso conviene examinar de cerca el contenido de esa nueva bandera política y cómo se produjo esa politización del término, primero como adjetivo, y luego como sustantivo. Este asunto será considerado muy importante en el debate posterior.

La crisis peninsular de 1807-1814 y las revoluciones hispánicas y luso-brasileñas subsiguientes, hicieron que el término dejara de referirse a nobles y príncipes para convertirse en una denominación partidaria vinculada a diputados, abogados, clérigos, hombres de letras y periodistas que preconizaban profundas reformas, y más tarde se vincularía, genéricamente, a las “clases medias”. Cuando afrancesados y patriotas en España e insurgentes novohispanos y revolucionarios rioplatenses reclamaban una “constitución liberal” trataban de expresar simplemente su deseo de un código político generoso, abierto e incluyente, que permitiera a todos los actores políticos tomar parte en las deliberaciones y en la legislación sobre los asuntos públicos que les concernían, y pusiera ciertos límites a la autoridad real. Poco a poco “constitución liberal” comenzó a significar, más específicamente, una ley fundamental con división de poderes, bajo cuya égida debían estar suficientemente garantizados determinados derechos, como la vida, la libertad, la seguridad o la propiedad. Hay numerosas evidencias de que este nuevo uso empezó a generalizarse, tanto en la península como en el subcontinente americano, entre 1810 y 1820, de tal modo que liberal y constitucional se estaban convirtiendo rápidamente en sinónimos o cuasisinónimos en todas partes dando lugar a la expresión “Constitución liberal”.

En cuanto al liberalismo español, cuando se produce la ruptura, los doceañistas moderados se aferran a la vitola “liberalismo constitucional”, que reivindican para si mismos, mientras que atribuyen a exaltados y veinteañistas un carácter excluyente y sectario. En los años siguientes al Trienio, tanto unos como otros se consideraban “verdaderos liberales”, apelando los primeros a la pureza de sus principios y los segundos a la templanza de sus actuaciones.

Todo parece indicar que el primer liberalismo español influyó a ambos lados del Atlántico, pero dicha influencia fue más limitada en América, dado que los americanos reprocharon a los liberales españoles el no haber sido suficientemente liberales con los americanos; es decir, que proclaman principios liberales para la península y con América mantenían principios despóticos.

A la altura de 1820 liberal calificaba a un régimen constitucional y representativo que salvaguardara ciertos derechos a sus individuos y ciudadanos. Hacia 1840 se constata la expresión “partido liberal” y hacia 1858, aparece la voz liberalismo como sistema de ideas y como procedimiento político regulado por esas ideas. Todo esto refleja la fuerte politización e ideologización de las sociedades hispanoamericanas en ese tiempo decisivo de las guerras de independencia y la difícil construcción de los nuevos estados republicanos, al tiempo que España, Portugal y Brasil avanzaban hacia la institucionalización de fórmulas monárquico-constitucionales.

Por otra parte, y ésta será la conclusión más importante, a nuestro juicio, de los debates sobre este concepto, hay numerosas personalidades en estos años moviéndose de país en país, en decisivos periodos de exilio, que dejaron su huella en América, y ello merecer estudiarse con amplitud, pues viene a demostrar que existía “una comunidad de discurso” o unos lenguajes políticos que bebían en parecidas fuentes y circulaban de ciudad en ciudad. En este sentido podemos hablar, con las reservas  que debemos tener cuando nos enfrentamos a un concepto poliédrico, de “liberalismo iberoamericano”.

Con el tiempo inexorablemente se identificará el liberalismo con el progreso y la marcha ascendente de la humanidad. El liberalismo es inseparable del descubrimiento de la economía. Los adeptos al liberalismo se movían hacia el futuro y los que se oponían al liberalismo eran los retrógrados que pretendían hacer retroceder a la sociedad hacia épocas pasadas. Esto impregnará profundamente a la sociedad en varios países de la región. La historia camina hacia la libertad; es decir, los nuevos liberales proponen una redefinición radical del liberalismo centrado en las ideas-fuerza de cambio, laicidad y progreso. A mediados del siglo XIX, los contrarios liberal/servil, moderado/exaltado, patriota/realista, son sustituidos por progresista/conservador o liberal/conservador o reformadores/conservadores, y con el tiempo irían convergiendo liberalismo y democracia.

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