Comisión Nacional para la Conmemoración de los Bicentenarios de las Independencias de las Repúblicas Iberoamericanas

 

 

América Año Uno 

 


Entramos en un año de celebraciones para la mayor parte de los países iberoamericanos, que se preparan para recordar su emancipación de la tutela colonial española. Aunque las fechas cerradas siempre son equívocas, entre el 2009 que ha terminado y este 2010 que empieza se acumulan las conmemoraciones del bicentenario de buena parte de las repúblicas iberoamericanas en lo que constituye un acontecimiento, cargado de simbolismo político y emocional.

Asistimos a una revisión del acto fundacional de las naciones iberoamericanas que los gobiernos del siglo XIX situaron en la bisagra formada por los años 1809 y 1810, como consecuencia de la invasión napoleónica de España y el consiguiente vacío de poder en la metrópoli. En estos dos años se crearon, a semejanza de la Península, numerosas juntas que comenzaron a plantear alternativas diferentes al colonialismo de la monarquía española. Por eso, estas fechas representan los primeros movimientos de construcción de una nueva identidad nacional. Las tempranas juntas de Chuquisaca, La Paz o Quito, en 1809, pasaron con el tiempo a ser consideradas los primeros movimientos emancipadores y, por esa razón, en Bolivia y Ecuador se han conmemorado ya los bicentenarios.

IDENTIDADES CALEIDOSCÓPICAS. Sin embargo, la mayor parte de las juntas americanas no apareció hasta 1810. Así, 2010 se perfila como el año que representa los dos siglos de creación de los Estados nacionales de América Latina. Este año, Chile, Argentina, Colombia, Venezuela, México y El Salvador van a conmemorar los doscientos años de su fundación.

A partir de la fecha que citamos, y América Latina no constituye una excepción, las historias del siglo XIX construyeron o inventaron las características identitarias propias del nacionalismo de cada país. Un proceso que, si en Europa fue complejo, en América Latina fue de especialísima importancia y dificultad, dada la diversidad no sólo social, sino también racial y étnica de la población. Hubo un gran consenso historiográfico, pero también social y político, que impregnó todos los ámbitos, incluida la Historia, hasta fines de los años sesenta.

Por ello, el tema de las independencias americanas es de especial sensibilidad, dado que se entrecruza con una amalgama de sentimientos, política, cultura y nacionalismo difíciles de separar. Y, también, por una extensión de la dicotomía –“malos” y “buenos”, “americanos” y “españoles”, villanos y héroes –que se ha extendido y asentado desde la primaria.

Sin embargo, un examen más académico y menos politizado y pasional puede cuestionar no sólo estas interpretaciones sino también su carácter teleológico y su “inevitabilidad”. Es lo que está haciendo la nueva historiografía sobre este tema en las dos últimas décadas, tanto iberoamericana como europea y es el enfoque con que La Aventura de la Historia se dispone a abordar a lo largo de este año el nacimiento de cada una de las naciones americanas de habla hispana.

CONTRA EL MANIQUEÍSMO. Esta nueva interpretación deja entrever, más que el señalamiento de una fecha fundacional, más que la irrupción de propuestas en 1810 claramente independentistas, la complejidad del proceso y, sobre todo, la comunicación interregional e intrarregional con que se presenta este cambio. Y, también, permite superar las interpretaciones maniqueas y dualistas.

De este modo, si bien los años 1809 y 1810 fueron cruciales para el desenlace final, no fueron determinantes. En nuestra forma de interpretar las independencias, creemos que a éstas hay que considerarlas como un proceso histórico que empezó en 1808, pero con unos precedentes muy importantes en el último tercio del siglo XVIII, que Juan Marchena explica en el primer artículo de este dossier. En el segundo, evaluamos la importancia de la llegada de las noticias, diversas y contradictorias, desde la Península en la coyuntura de la guerra contra los franceses. En tercer lugar, Ivana Frasquet aborda el desarrollo de éstas y otras circunstancias para la eclosión juntera de lo que podemos llamar el Año Uno de América.

Por último, hay que señalar que las interpretaciones tradicionales del proceso independentista pusieron el acento en una visión belicista y heroica, haciendo hincapié en un desarrollo necesariamente rupturista de la independencia. Con ello se ocluyó durante mucho tiempo un período importante del proceso, como fue la vía política iniciada en las Cortes de Cádiz y culminada en la Constitución de 1812. Porque no sólo participaron representantes americanos, sino que decretos y Constitución fueron sancionados y aplicados en una gran parte de los territorios americanos, entre los que destacan la Nueva España y el Perú. Así pues, las interpretaciones tradicionales también hicieron tabla rasa del proceso insurgente, no diferenciando la etapa contra la monarquía absoluta de la posterior etapa constitucional. Porque no fue lo mismo en América, ni para España tampoco.

Manuel Chust

 

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