Comisión Nacional para la Conmemoración de los Bicentenarios de las Independencias de las Repúblicas Iberoamericanas

 

 

El Polvorín 

 


La crisis general de la monarquía española –detonada en 1808, pero ya instalada durante décadas tanto en España como en los territorios americanos- ocasionó que los conflictos de todo tipo que la habían ido configurando se multiplicasen a partir de ese momento en número e intensidad. En la América colonial, estos enfrentamientos no tuvieron por qué estar –en su fase inicial- exclusivamente relacionados con un decidido propósito secesionista, ni con la creación de “naciones” independientes.

Parecen más bien relacionarse con la intención de las elites locales –muy regionalizadas y heterogéneas, y tanto americanas como peninsulares- de asegurarse la preeminencias y seguridades que obtendrían de la creación de un poder autónomo regional -o mejor dicho, de un conjunto de ellos- surgido tras la defección de la autoridad central en España. Estimaban que, desde esta nueva posición, podrían sortear mejor las incertidumbres de la imprevisible situación en Europa.

PODEROSOS A LA DEFENSIVA. Estos grupos de poder territorial esperaban asegurarse su preeminencia en varios planos. Por una parte, querían evitar que los grandes beneficios fiscales del sistema siguieran siendo derrochados por un gobierno metropolitano y por sus administradores coloniales-, a los que calificaban de ineficaces y corruptos. Recursos fiscales que confiaban en emplear mejor a fin de alcanzar un mayor desarrollo regional a partir de sus propias corporaciones –los consulados de comercio y gremios de mercaderes, amparados por los cabildos de los principales puertos y ciudades-. Por otra, acusaban a estas autoridades de ser sordas a sus reclamos y empeñadas en ahogarles con sucesivas subidas impositivas y con un monopolio comercial injustificable e insostenible, a no ser mediante una coacción de baladrera ejercida por gerentes coloniales –foráneos y la mayoría de ellos, militares- impuestos por el Gobierno borbónico. Unas autoridades ahora deslegitimadas, pues el propio monarca había hecho dejación de sus funciones, decayendo en sus derechos y atribuciones sus ministros y demás agentes nombrados por él.

Con ese fin, a las elites locales americanas –cada una de ellas en diferente situación en 1808- les pareció primordial desmantelar el poder de las autoridades coloniales o expulsarlas de sus jurisdicciones si se empeñaban –como muchas hicieron- en no reconocerles sus primacías sociales y económicas –y, por tanto, políticas- como principales “familias del país”; es decir, como principales gestores de todo lo que se moviera en sus respectivas áreas de influencia. En un momento tan crítico, se consideraron las únicas capaces de asegurar un clima de sosiego social y de confianza económica para el desarrollo de sus actividades.

Pero por otra parte también, estas elites regionales americanas, con sus reclamos de mayor autonomía, pretendían evitar la irrupción descontrolada de otros sectores sociales en sus privilegiadas parcelas. El “necesario sosiego social” se hallaba ahora en grave peligro. Una situación que explica por qué en América y, en ese momento, la cuestión étnica tuvo tanta importancia: porque étnicos eran los liderazgos de las llamadas “mayorías populares” –pardos, mestizos, negros e indígenas-, quienes venían de querer acrecentar su representatividad, su presencia política y mayor igualdad frente a los grupos tradicionales de poder.

Al menos desde la década de 1780, la serie continuada de disturbios, revueltas, alzamientos, insurrecciones, todavía más antimonárquicas y tanto rurales como urbanas, mostraba lo caldeado que se hallaba el ambiente de los barrios, pueblos y comunidades del espacio colonial. Los actores de estas revueltas –muy violentas en algunos casos, y en las cuales el factor étnico resultó capital- apenas distinguieron entre elites locales o delegados del régimen colonial, considerándolos a todos por igual como agentes de la extorsión y beneficiados del régimen.

A la vez, en los puertos del Caribe y en las zonas de producción esclavista, la revolución haitiana había generado una fuerte conmoción en la última década del siglo XVIII. Una revolución cuyo modelo podía servir tanto a la población esclava, como a las principales familias mulatas, puesto que el papel jugado por los hombres libres de color en los sucesos de Saint Domingue y el evidente liderazgo ejercicio por los pardos en la posterior revolución haitiana , ofrecían un claro ejemplo a seguir.

Se explica así que en poco tiempo se extendiese entre los patriciados regionales blancos, esclavistas en su mayor parte, el temor a que el sistema saltara por los aires si no se hallaba con rapidez una vacuna que evitara la reproducción de tales sucesos. Vacuna que debía basarse en aumentar el control sobre las dotaciones de esclavos, sobre los barrios populares y sobre las familias de pardos libres más destacadas y prestigiosas, erradicando el igualitarismo que ciertas ideas reformistas e ilustradas pretendían imponer con su proyecto de “modernizar” las sociedades.

En algunos casos, estas elites se sintieron amenazadas por algunas autoridades coloniales, que, en su afán por mantenerse en el poder, buscaron soportes donde quiera que fuese, aproximándose a estos sectores emergentes urbanos, otorgándoles primicias y ventajas a cambio de garantizarse su apoyo para el combate, precisamente, contra la dirigencia blanco-criolla. Valga como ejemplo de este peligro la aplicación de los famosos decretos de “gracias al sacar”, que permitían un cierto “blanqueamiento” social a estos grupos emergentes, a cambio de aportaciones económicas al real erario, o el mantenimiento del sistema de milicias de pardos y morenos, que otorgó a ciertas familias mulatas un conjuntos de fueros y avales y el reconocimiento de sus jerarquías, cuando no de una cierta autoridad. Estas medidas resultaron para las elites auténticos “bofetones” –en expresión literal de la época- a su dignidad, honor, orgullo y distinción”, es decir, a sus privilegios de raza y clase.

CLASES SUPERIORES. Los distintos sectores que componían las clases superiores de la sociedad colonial, aferrados algunos al mantenimiento estamental de un rígido sistema de castas y a la propiedad de la tierra; otros, irrumpiendo con fuerza contra los anteriores, como resultado de los beneficios económicos –mineros sobre todo- que ciertas familias alcanzaron en la segunda mitad del siglo XVIII; otros, amparados en las corporaciones tradicionales; otros, en los privilegios que lograron por su pertenencia al ejército colonial o a la nobleza –comprada a precio de oro-, y otros, surgidos de los cambios ideológicos, introdujeron finalmente la Ilustración y las universidades en el mundo colonial, todos estos sectores de las fraccionadas elites locales, cobraron un señalado protagonismo.

Los años finales del siglo XVIII se caracterizaron por el robustecimiento de las elites, que de locales pasaron a constituirse en grupos hegemónicos regionales, debido a la acumulación realizada en las décadas de 1770-1800, no sólo de capitales, bienes y tierras, sino de poderes en general, logrados a través del fortalecimiento de sus corporaciones y de sus redes políticas, clientelares y familiares. Elites que, más que combatirse en el ámbito del binomio criollidad-españolidad, lo hicieron en el terreno comercial, entre los defensores totales o parciales del antiguo sistema monopolista –del cual muchos de ellos eran los principales beneficiaros- contra los partidarios de la apertura de los puertos al comercio internacional. Se combatieron también entre ellas porque estas elites fueron ahora más regionales que nunca, ya que pretendieron controlar con exclusividad los flujos mercantiles en sus ámbitos respectivos, sin interferencias de otras instancias, dada, además, la ineficacia metropolitana para asegurar la regularidad del comercio oficial.

Y se combatieron en el ámbito fiscal: quebrado el sistema colonial unificado metropolitano, se rompieron también los nexos hacendísticos que lo articulaban. Los flujos oficiales de metal dejaron de circular por el espacio americano, el dinero se regionalizó, la hacienda real pasó a ser local y la plata no fluyó o lo hizo muy escasamente entre regiones vecinas.

En la crisis monárquica, las diferentes elites regionales convirtieron con rapidez la competencia y fiscal en competencia política, y a ésta, inmediatamente, en competencia militar. No menos importantes fueron los cambios producidos en los sectores intermedios de la sociedad americana, urbanos fundamentalmente, en las últimas décadas coloniales: profesionales liberales, burócratas y empleados de la Administración, graduados universitarios, oficiales militares de grado medio, técnicos en diversos oficios, artesanos de alta cualificación por el volumen de producción de sus talleres, eclesiásticos rentistas de obispados y curatos… Todos ellos conformaron un sector que, aunque escasamente homogéneo y difícilmente cohesionable, se mostró muy dinámico y en condiciones de discutir la primacía al grupo anterior, reclamando mayores cauces de participación en las instancias de poder; además, requirieron influir activamente en el diseño de la nueva realidad política, económica y social que la crisis ha propiciado.

En estos sectores intermedios, la cuestión étnica; es decir, la causa por la que habían sido tradicionalmente excluidos los pardos y mulatos en el Caribe y los puertos, y los mestizos en los interiores y las sierras –clases a las que pertenecía o había sido adscrita buena parte de estos sectores-, se transformó muy rápidamente en una cuestión clave para definir su nueva ubicación sociopolítica y económica.

Los cambios se dejaron notar igualmente en los sectores populares urbanos, los que más crecieron a lo largo del período y los que se mostraron más activos, especialmente en torno a sus posibilidades de permeabilizar la estricta estructura de castas  cuando no proponían acabar expeditivamente con ella.

MATRIMONIOS INTERRACIALES. El significativo incremento de las manumisiones, conseguidas por los propios esclavos mediante la compra de la libertad a sus amos, o el aumento de los matrimonios entre las castas y aun entre esclavos, son buenos ejemplos de esta poderosa dinámica, puesto que revelan no sólo un cambio de expectativas en los grupos inferiores de la sociedad, sino la apertura de nuevos canales de contactos y aun de pactos interraciales.

La vida en los barrios urbanos y en algunas localidades del interior, el papel de los nuevos liderazgos surgidos en estos espacios, su masiva participación  -muy poco reconocida por la historiografía oficial. En los acontecimientos antes, durante y después de 1809-10, muestran lo que indicamos: en Charcas, en Quito, en Buenos Aires, en Nueva España, en el interior peruano, en Centroamérica, Venezuela, la Nueva Granada… la gente de los barrios estaba en la calle y la nueva dirigencia estrenaba públicamente su poder.

Lo anterior no debe esbozarnos un panorama idílico, todo lo contrario. Los sucesos del Saint Domingue francés originaron que las elites y las autoridades coloniales extremaran sus cautelas: no estaban dispuestas a tolerar otros haitises.  Por otra parte, los rescoldos de la gran revuelta organizada por Amarus y Kataris en las sierras peruanas y charqueñas, en la década de 1780, aún les espantaban, ni habían olvidado lo sucedido en el Socorro neogranadino, ni podían soslayar la creciente efervescencia de los sectores campesinos en el virreinato mexicano, afectados por una crisis agraria larga y profunda.

PRESIÓN DE NEGROS, PARDOS, “CHOLOS…”. A pesar de estas prevenciones, la dinámica social de esta rígida estructura de “clases” que caracterizaba el mundo americano a principios del siglo XIX, construida en función del color de la piel y mantenida con poderosos mecanismos coactivos, se hallaba profundamente alterada. Y ello en dos niveles: por un lado, algunos sectores, sobre todo los pardos libres o los mestizos de cierta posición económica, pudieron caminar confusamente hacia la obtención de determinadas mejoras; por otro, las gentes de los barrios populares de “pardos del común” y aun de esclavos, o los de mestizos, “cholos” e indígenas españolizados, se prestaban a exigir mejoras en sus condiciones de vida, a disminuir la presión ejercida sobre ellos y a hacer oír sus demandas.

La situación en estos barrios se asemejaba a un volcán a punto de erupción, de modo que el control al que fueron sometidos por las elites locales y las autoridades coloniales, y la represión violenta de sus reclamos, calentaron aún más los ánimos populares.

En otro plano, hay que indicar que muchas de las autoridades étnicas, agrupadas en familias y en poderosos linajes consolidados en el interior de las jurisdicciones indígenas, venían exigiendo mayor participación en la política local y regional, dado el poder incuestionable que ejercían en sus ámbitos territoriales. Siempre habían representado un serio riesgo para la hegemonía absoluta de las elites blancas, pero en esta coyuntura éste era aún mayor, puesto que caciques y curacas manejaban una numerosísima población a la que movilizaban con facilidad. Además, el progresivo aumento de la presión fiscal, objetivo central del reformismo borbónico, la corrupción de buena parte de los recaudadores del tributo indígena –tanto españoles como criollos-, el indisimulado avance de los hacendados sobre las tierras de las comunidades y pueblos y la intromisión de las autoridades coloniales en el nombramiento y remoción de los cacicazgos tradicionales, motivaron que la efervescencia política y social creciera significativamente en el seno de estas comunidades, lideradas por sus autoridades.

EL CAMINO DE LA GUERRA. La guerra americana se transformó durante los primeros años en un conflicto general de regiones contra regiones, o mejor, de patricios regionales contra patricios regionales, bullendo en su seno, además, múltiples ambiciones sectoriales; utilizando a sus respectivas poblaciones como ejércitos improvisados. El discurso regionalista que estas elites elaboraron y lanzaron sobre las masas populares, de trasfondo tradicional y paternalista, creando o reviviendo en ellas supuestas señas de identidad local, a su vez fortalecidas por la violencia de las guerras que siguieron, fue instrumento sumamente efectivo para el control y sumisión de la población por parte de las elites locales, alcanzando a desempeñar, este discurso localista, un papel sustitutivo de sus auténticos intereses de clase y raza.

Todas estas guerras compusieron una formidable pasarela en el tiempo que, una vez franqueada, hizo percibir a los sectores implicados –que vinieron a ser finalmente todos- que nada volvería a ser como antes. Las guerras aceleraron bruscamente los procesos sociales y étnicos, constituyendo una gran oportunidad de cambio para muchos grupos hasta entonces atrapados en los entresijos estamentales del Antiguo Régimen. La revolución parecía posible a la altura de 1810, pero acabó siendo derrotada en pocos años cuando las vacunas, los mecanismos de control en manos de las elites, vinieron, finalmente, a ser inyectadas en el cuerpo social. Los privilegios recompusieron su posición apenas unas décadas después.

Juan Marchena

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