Escribo en Madrid en verano, a medio camino entre los Veranos de la villa y el Festival de Otoño. Miro las programaciones y veo en el primer caso a músicos norteamericanos de ayer y hoy (más de ayer que de hoy: Burt Bacharach, Jerry Lee Lewis, Kool & The Gang, John Fogerty, James Taylor) y a los neoyorquinos Laurie Anderson y Lou Reed; algunas fadistas portuguesas; Baryshnikov, el american Ballet Theater, el Ballet de la Ópera de Munich o nuestra Compañía Nacional de Danza; bastante flamenco… Y unas cuantas propuestas de América Latina: Bajofondo, Orishas, Calle 13, Gilberto Gil, Michel Camilo y Paquito d´Rivera.
Es una buena muestra de nuestro imaginario cuando lo que queremos es un festival tranquilo, no demasiado cultureta, familiar, fresco para noches cálidas de verano. El programador responde a lo que la gente espera: de Portugal, por ejemplo, hay fado, porque en nuestro imaginario de Portugal está el fado (cantado, parece, sólo por mujeres, como si no hubiera fadistas hombres) y no importa que también tengan, desde luego, rock, música electrónica o danza contemporánea; para vanguardia, Nueva York; para ballet, compañías de toda la vida. Y como nuestras imágenes de Latinoamérica parecen ser el trópico, el ritmo, las percusiones y la marcha, el festival nos ofrece tango, jazz latino, reggaeton, hip-hop cubano y música popular brasileña. Ello es aún más evidente cuando de las amables noches estivales nos vamos a las más actuales y contemporáneas del Festival de Otoño. Vean ustedes, veintinueve espectáculos internacionales procedentes de diecinueve países: cinco de Francia; cuatro de Bélgica y de Italia respectivamente; tres de Estados Unidos y de Argentina; dos de Suiza, de Austria y de Japón; y uno de Bosnia, Alemania, Canadá, Portugal, Letonia, Noruega, Islandia, Serbia, Australia, Vietnam y Marruecos –aunque estos dos últimos en colaboración con países “occidentales”. No sigo, pero ya ven: no hay más presencia latinoamericana que dos compañías argentinas (una de ellas con dos espectáculos). Nada más. Ni en colaboración siquiera, como las de Vietnam y Marruecos.
Parece ser que en lo que este festival muestra, la vanguardia, no cabe América Latina. Si acaso, Argentina, pero es caso aparte y los españoles la reconocemos de otra manera y nos identificamos con su gente de un modo diferente al del resto del continente. Al menos con los porteños, aunque lo frecuente es que la mayoría tendamos a identificar Argentina con Buenos Aires y a los argentinos con los habitantes de la capital. Lo que no quiere decir, de todos modos, que apreciemos su aportación cultural como merece. ¿Estamos dispuestos los españoles a reconocer que el nivel cultural argentino es en muchos casos superior al nuestro? ¿Conoce suficientemente el público lector las generaciones de interesantísimos narradores argentinos que han ido viniendo después de los Borges, Cortázar y Sábato: Piglia, Aira, Saer, Fogwill, Pauls, Kohan…? ¿Somos conscientes de que en teatro o en rock, por ejemplo, nos dan bastantes vueltas? Aquí prácticamente nadie ha oído hablar de Charly García, el “dios” del rock para varias generaciones de latinoamericanos, ni de ninguno de sus grupos. Y mucho menos de Spinetta, Los Abuelos de la Nada, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Sumo, Divididos… Si no es tango o algún cantautor guitarra en mano, no nos interesa.
Y si esto pasa con Argentina, no digamos ya con el resto de ese inmenso continente, de donde raramente se nos ocurre que puedan venir, qué diría yo, rock, música clásica –y menos aún clásica contemporánea-, electrónica, arte digital, teatro de vanguardia, danza contemporánea, buenos escenógrafos, premios Pritzker de arquitectura y otros muchos arquitectos interesantes sin Pritzker, diseñadores… Escribo a vuelapluma, seguro de que no hay disciplina cultural donde América Latina no pueda competir con nombres relevantes. Pasa los mismo con los narradores argentinos que con los del resto del continente: conocemos muchos nombres, sí, pero casi todos de la época del boom (y ahora, por supuesto, el “fenómeno” Bolaño) y apenas nos suenan los de las ya varias generaciones posteriores. Y eso que al menos, aunque no estemos ni de lejos al día, somos conscientes del gran filón de narradores y poetas que es América Latina. Porque si nos vamos al campo del pensamiento el desconocimiento es casi total: dudo que se nos ocurra que allí también hay especialistas en Nietszche, Derrida o Deleuze, ensayistas, antropólogos, economistas… Como se quejaba hace unos años Néstor García-Canclini, parecería que los latinoamericanos pueden imaginar, pero no pensar.
Me refiero a todo esto como ejemplo, por supuesto. Como símbolo. Que apenas nos interese la cultura latinoamericana más allá construido muestra lo que pasa también en los demás ámbitos, de lo político a lo económico o lo social: no conocemos América Latina, no nos interesa, la seguimos viendo a partir de unos cuantos tópicos. Preguntemos por empresarios del continente, por periodistas de relieve, por líderes políticos más allá de algunos presidentes mediáticos y polémicos de turno. Pidamos a gente culta y preparada que nos haga un mínimo análisis de por dónde van las tendencias políticas, que nos hablen un poco de la economía latinoamericana, que nos digan algo del panorama cultural… Casi la mitad de los españoles no sabe distinguir a unos países de otros ni, mucho menos acentos, características, rasgos principales… Cuando una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas preguntaba hace unos años a algunos españoles, “De todos los países iberoamericanos, ¿cuál es el más similar a España”, lo más interesante no es que Argentina quedara el primero, de calle, con un 29 por 100 (seguida de México a distancia con un 7 por 100 y luego Chile, 3 por 100), sino que un 43 por 100, nada menos, ¡casi la mitad! Decía no saber. Para los españoles, en pleno siglo XXI, en tiempos de globalización, Internet, cientos de canales de televisión y más información que nunca en la historia, América Latina sigue siendo Sudamérica y sus países y sus gentes un grupo humano que hablan todos más o menos igual, les gusta el baile y casi no se distinguen.
Nuestro imaginario latinoamericano es reduccionista. No sólo nos falta la información, los datos, es que ni siquiera tenemos armazón donde colocarlos. Ya al no tenerlo, no nos damos cuenta de los huecos, de lo mucho que no conocemos. El desinterés es el peor desconocimiento, y el nuestro de América Latina es de esas características. No es sólo que no la conozcamos o no la entendamos, es que ni siquiera hacemos el esfuerzo ni nos importa. Posiblemente hasta nos interesa menos ese continente que habla nuestra lengua que hace unos años. No nos acercamos, yo incluso creo que nos distanciamos. Nos caen bien, sí, nos parecen simpáticos, divertidos, pero interesarnos, lo que se dice interesarnos… Con América Latina nos pasa un poco como con Portugal, les interesamos a ellos muchos más que ellos a nosotros. A aquel lado del Atlántico leen nuestros libros –y hasta estudian con ellos en las universidades-, oyen nuestra música, ven nuestra televisión, conocen nuestro cine y a nuestros actores, tienen nuestros bancos y nuestras compañías de servicios. ¿Qué tenemos nosotros de ellos? ¿Qué sabemos? Posiblemente conozcamos hoy a menos actores o cantantes latinoamericanos que en los años 50, menos escritores que en los 70.
Ahora, cuidado, porque podría ser que cada vez les vayamos interesando menos, que cada vez seamos menos un referente. Aún lo es mucho lo español, por supuesto, para eso leen nuestros libros, ven nuestra televisión, tienen nuestras empresas… Pero creo que le interés va descendiendo. Hoy, por ejemplo, más y más jóvenes quieren irse a estudiar, o a vivir, a Argentina, México, Brasil o Chile, algo que no pasaba hasta hace pocos años. Europa, incluida España, ya no es el único referente de este tipo de jóvenes que nunca iría a estudiar a Estados Unidos. Es más, hay ahora un tipo de jóvenes que nunca vendría a España. Por muchas razones. En parte porque a muchos les resultamos antipáticos, cada vez más, a más tipos de gente y por más motivos. A menudo injustos o espurios, pero que ahí están. ¿Lo sabemos? ¿Podemos hacer algo para revertir estas tendencias? Hay entre los latinoamericanos un “efecto madre patria” que hace que lo que tiene que ver con nosotros les preocupe más, les dé más rabia, les irrite de otra manera. Como pasa dentro de las familias: lo que molesta, molesta más. Si Estados Unidos les niega la visa, sienten que no han cualificado lo suficiente; si es España quien niega el visado, es que somos unos “h.p.”. Si una compañía sueca invierte en uno de los países, es que va mejorando y cada vez atrae más inversión extranjera; si la compañía es española, es la “nueva colonización”. Si sus migrantes se sienten maltratados, nos recuerdan que cuando fuimos lo españoles a conquistar nadie nos pidió visa, como no se la piden tampoco ahora a nuestras empresas…
Todavía recuerdo la indignación y tristeza –las dos, “quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa”, como escribía Benedetti- con que leí hace algo más de un año, al poco de que se aprobara la directiva europea de retorno de inmigrantes, una columna de Cristina de la Torre en el prestigioso diario colombiano El Espectador con el nombre ya dicente de la “madrastra patria” que empezaba diciendo: “España peló el cobre. Admitida en la Unión Europea acaso por graciosa concesión a un país que no parecía ya africano, hincó la rodilla para suscribir la criminalización de inmigrantes en ese continente. La medida formaliza la ley del embudo de la globalización: libre circulación de capitales y talanqueras a la circulación del trabajo. A nosotros nos resulta doblemente ofensiva la decisión de España. No contenta con habérselo llevado todo, con imponernos su fe y su raza a tiros de arcabuz, España se ha lanzado a la reconquista de estas tierras. A fuer de inversión, se hace ahora con la propiedad de patrimonio público nuestro, y retuerce incisos en los contratos que suscribe con el Estado para esquilmarle hasta el último peso” (El Espectador, Bogotá, 28 de junio de 2008), y continuaba por la misma línea, llamándonos de todo y mezclando, sin duda, churras con merinas. Lo malo es que lo que ella decía ahí negro sobre blanco se lo vengo oyendo yo cada vez a más latinoamericanos de distintos tipos y en muy distintos lugares. Ya digo, un “efecto madre patria” de raíces y razones inconscientes y difícilmente racionales pero que ahí está y va produciendo un rechazo creciente, aunque sea poco a poco, hacia nosotros.
Pero no es sólo eso. Puede que el desinterés por España sea como el nuestro por Francia, que de ser nuestro hermano mayor, nuestro gran referente, ahora casi ya no interesa y nadie aprende su idioma, lee sus libros u oye su música. Ya no los llamamos gabachos porque nos caigan mal: ahora, simplemente, no nos importan. En América Latina estamos aún lejos de esto, pero a lo mejor es el camino que se está abriendo, y a medida que algunos de sus países se conviertan cada vez más en un referente continental y se estrechen los lazos entre ellos, España puede ir perdiendo su ascendiente y ser cada vez menos un punto de referencia. Por lo menos, si es consuelo, dejarán también entonces de llamarnos gachupines en México o chapetones en Colombia.
José Antonio de Ory