Comisión Nacional para la Conmemoración de los Bicentenarios de las Independencias de las Repúblicas Iberoamericanas

 

 

Simón Bolívar 

 


Criatura robusta del mundo colonial y después figura estelar entre quienes destruyen el Imperio español en América, se ha presentado a Simón Bolívar como arquetipo del republicanismo liberal que sustituye al antiguo régimen y aun como adelantado de conductas de orientación revolucionaria. Seguramente se exagere en ambos casos, sin que nadie pueda dudar sobre su estatura de líder hispanoamericano.

BÚSQUEDAS JACOBINAS. El hogar aristocrático en el cual nace en Caracas, el 24 de julio de 1783, lo forma en los prejuicios de los blancos criollos, lo dota de una inmensa fortuna y apenas lo aproxima a la educación formal. Sesiones sin coherencia con maestros locales y una experiencia de dos años en el batallón de Milicias de Blancos son las credenciales  que puede mostrar cuando lo envían a Madrid con el propósito de acercarlo a posiciones acordes con su nacimiento.

Allí tiene la suerte de conocer el caraqueño Jerónimo de Ustáriz, ministro del Consejo Supremo de Guerra. Se empeña don Jerónimo en el pulimento de una gema que parece demasiado basta, para lo cual lo introduce en su biblioteca y lo anima a descubrir el pensamiento moderno. Cuando vuelve a Venezuela, en 1802, mientras se presenta con la compañía de una esposa que muere pronto, el joven muestra un entendimiento del mundo que llama la atención de los contertulios.

Entre 1804 y 1808 perfecciona su formación en París, a través de la empecinada lectura de autores ilustrados. La junta que se crea en Caracas lo designa como diplomático ante la Corte de Londres. Allí nace su devoción por el precursor Francisco de Miranda, a quien conmina a regresar para que se coloque en la vanguardia de una revolución. En adelante, destaca en el papel de agitador a través de un club llamado Sociedad Patriótica. Después de la declaración de independencia, es uno de los soldados sin fortuna que pierde una cadena de batallas. El pueblo apoya la reconquista encabezada por el capitán canario Domingo Monteverde y más tarde encarnada en José Tomás Boves, a quien siguen mesnadas de llaneros dispuestas a arrasar con el dominio de los blancos criollos.

Escapa hacia Nueva Granada después de entregar a Miranda a los reconquistadores, felonía usualmente disimulada por los historiadores. En Nueva Granada, destaca como conductor de tropas y produce un documento de crítica de las instituciones liberales, en especial de los sistemas federales de administración, conocido como Manifiesto de Cartagena. Con el apoyo del gobierno de las Provincias Unidas encabeza una triunfal invasión de Venezuela, en cuyo comienzo dicta una Proclama de guerra a muerte que termina en sentencia abrumadora: “Españoles y Canarios, contad con la muerte aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables”.

Tras ser proclamado Libertador de Venezuela, establece una dictadura que apenas se sostiene hasta septiembre de 1814. Debe emigrar de nuevo ante el empuje de las fuerzas realistas. Entre las razones del nuevo fracaso destaca la renuencia de las regiones, representadas en figuras como el general Santiago Mariño, a aceptar su liderazgo.

EL PATRIARCA CON AGALLAS. Un nuevo exilio en Nueva Granada lo lleva a la cúspide por poco tiempo. Captura Bogotá para el gobierno de las Provincias Unidas, pero la rivalidad de las elites de Cartagena lo obliga a viajar sin recursos a las Antillas. Se establece en Kingston para buscar el apoyo de los ingleses. Escribe allí, en octubre de 1815, la célebre Carta de Jamaica, en la que se presenta como portavoz de los blancos criollos, en cuyo nombre asegura la alternativa de regresar triunfante para fundar un régimen que ofrezca ventajas para el comercio británico.

Viaja después de Haití, donde encuentra la solidaridad del presidente Petión. La estancia en Puerto Príncipe le descubre una experiencia de republicanismo temida y despreciada por los amos blancos. También le conduce a un acuerdo con su anfitrión para abolir la esclavitud en los territorios que en adelante controle, decisión que apenas se atreve a tomar a medias.

El retorno no es auspicioso porque las regiones todavía se resisten a su autoridad y por el errático manejo de las operaciones militares. España ha enviado un ejército de “pacificación” a las órdenes de Pablo Morillo, integrado por 10.000 soldados. Sólo los éxitos del general Piar en Guayana, que abren la ruta de Angostura y el dominio del Orinoco, ofrecen esperanzas al insurgente. Las aprovecha después de ajustar cuentas con los capitanes rivales, gracias a cuyo desplazamiento puede establecer el régimen estable que parecía una quimera desde 1811.

Funda entonces el Correo de Orinoco, órgano fundamental de publicidad, encuentra auxilio militar de los ingleses y reúne un congreso que restituye la república. Pronuncia ante los diputados el Discurso de Angostura, 15 de febrero de 1819, en el cual propone un poder centralizado en las manos de un Ejecutivo fuerte y la creación de un senado hereditario, capaz de contener los excesos de la autoridad y las pasiones de la multitud.

Insiste en la ineptitud del pueblo y en la necesidad de entregarlo a un cenáculo de tutores, a cuyo cargo quedaría el librarlos de la influencia española que los había reducido a la condición de párvulos. Después, en una sorprendente operación, pasa hacia Nueva Granada por los Andes para obtener una victoria fundamental en Boyacá, el 7 de agosto, que permite el control de Bogotá y una eficiente organización del Estado, en la cual participa un colaborador de reciente aparición, Francisco de Paula Santander.

Ya ha logrado la ayuda de José Antonio Páez, intrépido lancero de origen popular, que cuenta con un nutrido ejército de llaneros. La marcha de los acontecimientos lo lleva a tomar la decisión de crear Colombia, el 17 de diciembre, edificio para cuya fábrica no realiza consultas de las comunidades involucradas.

El alzamiento liberal de Riego en España, en 1820, favorece sus planes, porque obliga a Morillo a firmar un Tratado de Armisticio que reconoce a los insurgentes como beligerantes. Aprovecha el buen viento para la captura de Maracaibo, hasta entonces fiel a la monarquía, y para una coordinación del ejército que desemboca en la victoriosa Batalla de Carabobo, el 24 de junio de 1821. Se reúne, entonces, en Cúcuta el Congreso constituyente de Colombia, que lo elige como presidente, con Santander en la vicepresidencia.

VICTORIA EN CARABOBO. Despejado el panorama del norte, prepara la invasión del Ecuador. Cuenta ahora con el auxilio de un lúcido conductor de tropas, Antonio José de Sucre, a quien envía como adelantado mientras se detiene en el control de Pasto, región de enfáticas simpatías realistas. Gracias al triunfo de Sucre en Pichincha, hace que los ecuatorianos se incorporen al experimento colombiano y logra la anexión de Guayaquil, que disputan los peruanos bajo al inspiración de su protector, José de San Martín, quien ha establecido un precario control de Lima mientras las fuerzas virreinales permanecen apertrechadas en la sierra.

La resistencia de la aristocracia y la división de los republicanos hacen que San Martín abandone el Protectorado, para que Bolívar, no sin evidentes resistencias, lo reemplace en la capital. Inicia de inmediato una febril actividad, que permite la organización de un ejército de 9.000 efectivos a quienes conduce al triunfo de Junín, el 6 de agosto de 1824. El descalabro del partido monárquico se hace redondo el 9 de diciembre, cuando Sucre derrota al virrey La Serna en Ayacucho, para que la mayor parte del continente meridional se incorpore al mapa de las nacientes repúblicas.

De entonces proviene el empeño bolivariano por el encuentro de acuerdos de colaboración entre las nuevas jurisdicciones, que desea concretar en un congreso reunido en Panamá, cuyos miembros no llegan sino a un vacilante acercamiento.

UN DERRUMBE EXPLICABLE. De la época de dominio del sur data una creación controvertida, capaz de provocar resistencias en Lima y de generar fundadas alarmas en Colombia. Promueve la creación de una nueva república en el Alto Perú, con el nombre de Bolivia, y redacta una Constitución en el cual establece la Presidencia Vitalicia. Así, dice ante los diputados: “Se evitan las elecciones, que producen el grande azote de las repúblicas, la anarquía, que es el lujo de la tiranía, y el peligro más inmediato y más terrible de los gobiernos populares”.

Impone el texto en el Perú y pretende que se asuma después en Bogotá, para que comience una lluvia de repulsas que se vuelven contra su reputación de político liberal. Los letrados cercanos a Santander fomentan campañas contra la monarquía sin corona, corriente que en breve es continuada por los propietarios de Caracas y Valencia próximos a Páez.

Los regionalismos aprovechan el movimiento para profundizar en el ataque frontal de Colombia, o para pedir la modificación de las instituciones, en un torbellino que no puede sofocar el gran hombre que regresa a Lima. La creación de Bolivia coincide con la explosión de una muchedumbre de bogotanos, caraqueños y quiteños, cuya piel no se siente cómoda en el uniforme de una república impuesta a rajatabla por su creador.

Los representantes de una nación escindida se reúnen en Ocaña, a la altura de abril de 1828, para buscar un avenimiento que no llega. Se disuelven sin propuestas concretas para que posmilitares proclamen en Bogotá la dictadura del Libertador.

La dictadura conduce a ataques despiadados de la prensa caraqueña, cuyos autores no pierden la oportunidad de sugerir el camino de la secesión, y a un intento de magnicidio fracasado en Bogotá, el 25 de septiembre. Son apenas un boceto de lo que en breve sucede: el alzamiento de José María Obando en Popayán, proclamando la vigencia de la Constitución de Cúcuta; revueltas contra Sucre en La Paz, que lo obligan a abandonar la primera magistratura; el levantamiento de José María Córdoba en Antioquia contra los decretos de la autocracia; movimientos de tropa en la frontera de Venezuela, para evitar el ingreso de delegados bolivarianos; noticias sobre el crecimiento de un partido anticolombiano en Quito.

Bolívar piensa entonces en el fracaso de su obra, pues entiende que sólo ha logrado la independencia sin acercarse a la meta de la libertad, que se ha librado de la monarquía sin sembrar la semilla del republicanismo.

Pero su voluntad de acero no se doblega sino ante el fracaso de un remiendo institucional que pone a funcionar en balde: la convocatoria de un “Congreso Admirable”, formado por sus fieles, quienes apenas se atreven con medidas tímidas que son desconocidas en Venezuela y burladas en la Nueva Granada.

El 27 de abril de 1830, menguada en extremo su salud, renuncia a la presidencia de la república para emprender viaje hacia un exilio europeo. No puede realizar el periplo, pues muere de tuberculosis pulmonar de Santa Marta, el 17 de diciembre de 1830.

Contaba 47 años cuando dejó de estar con los hombres de su tiempo. Una muchedumbre de políticos y escritores de la posteridad piensan que entonces se paralizó la Historia de América, en espera de su resurrección, pero las sociedades continuaron su camino. En general acompañadas por la memoria del héroe trocada en palabra de evangelista, o en espesa cortina que ha impedido la contemplación de una sucesión de realidades.

Elías Pino Iturrieta

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