Comisión Nacional para la Conmemoración de los Bicentenarios de las Independencias de las Repúblicas Iberoamericanas

 

 

El desafío de la oportunidad: los centenarios americanos 

 


Con letras mayúsculas, blancas, semejantes a las que coronan la meca del cine, ha aparecido en nuestro horizonte cultural “El Bicentenario”. Aparte de la sorna que provocan estas conmemoraciones en algunos periodistas y sectores nacionalistas, ya entrenados con los festejos y mitotes de 1992, lo cierto es que la llegada imparable de las fechas en que se proclamaron oficialmente las independencias de las diversas repúblicas iberoamericanas está llenando de inquietud a los distintos gobiernos de ambos lados del Atlántico.

A priori, el acontecimiento se presenta apasionante, comenzado por la creación de las comisiones nacionales. España, por ejemplo, ha nombrado al ex presidente Felipe González embajador “plenipotenciario y extraordinario” con la encomienda de representar la nación y, en la medida de sus conocimientos y buen juicio, disipar malentendidos. Los trabajos que le esperan serán hercúleos, dada la enorme geografía a atender y los largos tiempos que el bicentenario abarca, ¡nada menos que desde el 2009 al 2025! A pesar de este fichaje estrella, la voluntad del actual gobierno español es la de mantener una presencia de baja intensidad, autocrítica y dejando a un lado los protagonismos. Esta actitud, bautizada por el escritor José Tono Martínez, como “la estrategia del acompañamiento”, es la postura defendida por el ministro Miguel Ángel Moratinos o por influyentes periodistas e intelectuales como Miguel Ángel Bastenier. Sin embargo, el término no es muy apropiado, pues, como indica Sebastián Covarrubias, acompañar es “ayuntarse uno a otro, o como igual o como inferior”, lo que no se termina de aclarar. Y añade el autor del Tesoro de la Lengua Castellana o Española: “Y todo lo que es accesorio se dice acompañar a lo principal, por vía del adorno”. Pero vayamos por partes.

Uno de los países más activos en los preparativos es Chile, nación que ya nombró una Comisión del Bicentenario el 16 de octubre del 2000 por iniciativa del ex presidente Ricardo Lagos. Este rápido alumbramiento ha tenido sus efectos multiplicadores (y quizás devastadores) a tenor de las miles de comisiones que han surgido a lo largo del país austral. En el sitio de Internet de los bomberos chilenos se anuncia que “El Directorio del Cuerpo de Bomberos de Santiago, en sesión efectuada en el mes de enero del presente (2009) acordó constituir una Comisión Especial denominada “Comisión Bicentenario”, la cual tiene por objetivo proponer y coordinar las diferentes actividades que nuestra institución realizará durante el año 2010”. Más al norte, en las desérticas regiones de Arica y Parinacota, para no ser menos, las fuerzas vivas de la región también reunieron su comisión el 16 de julio pasado, otorgando el “sello Bicentenario” a la remodelación de dos parques y un aeropuerto, y al estudio de dos propuestas: la exaltación de la cultura chinchorro y la instalación de modernas ciclovías en las ciudades.

Sirvan estos ejemplos, que se repiten desde Tijuana a Ushuaia, para confirmar la tesis de Pierre Nora de que vivimos en la era de las conmemoraciones. Unas conmemoraciones abusivas, en palabras de Tzvetan Todorov, quien denuncia el frenesí de las celebraciones, con sus cortejos de mitos y ritos, vinculadas a ciertos acontecimientos considerados por los políticos de la nación-estado como fundadores de la identidad común. El citado Nora, que quiso crear una historia contra-celebraciones con su gran proyecto editorial Les Lieux de mémoire (1994-1992, 7 vols.), tuvo que reconocer su fracaso, al comprobar el poder de la “obsesión conmemorativa” que se ha extendido por todo el planeta. Si es así, nos encontraremos, en los próximos años, con una ingente serie de actos evocadores, que podríamos encuadrar en tres apartados: materiales (edificios, obras de ingeniería, exposiciones), simbólicos (banderas, himnos, poesías, esculturas, murales) y funcionales (celebraciones religiosas, cabalgatas, banquetes oficiales, recepciones, congresos y desfiles militares), que servirán para evocar y emocionar a un público deseoso de dejar por unos días la rutina y contemplar el cielo nacional donde habitan, en armonía, los padres de la patria, las heroínas diligentes y algún que otro caudillo o presidente nacionalista.

Sin embargo, negros nubarrones se acercan para aguar la fiesta. El inicio de las conmemoraciones coincide con un escenario epidemiológico en alza y económico a la baja que preocupa a todo el planeta. Aunque no sabemos el alcance de ambas pandemias, la segunda parece que se quedará por más tiempo, provocando el descenso del crecimiento económico, la caída de las exportaciones y la disminución de las inversiones extranjeras. Además, la última crisis en Honduras –o mejor dicho, su salida- ha evidenciado la división de las naciones americanas, que componen un escenario de gran inestabilidad y complejidad. Características que frenarán las iniciativas generales, de gran alcance, desarrollándose en cambio bicentenarios a la carta, de impacto local, construidos con modernos métodos de cirugía histórica, que contribuirán poco o nada a diseñar lasa nuevas metas y retos estratégicos que deberían dirigir las relaciones entre España y América y a progresar en la creación de la cada vez más mítica Comunidad Iberoamericana.

Cabe preguntarse entonces si los centenarios y sus secuelas (bicentenarios, sesquicentenarios, etcétera) tienen sentido en este principio de siglo, en un mundo global, demasiado acelerado y saturado de espectáculos, ceremonias, premiaciones y saraos de todo pelaje. La respuesta sería negativa por muchas razones, pero habría que matizarla al menos para echar un vistazo a los nobles orígenes de estas conmemoraciones  y para conocer, antes de encargar su funeral, los beneficios que aportaron a la humanidad.

Entre Comte, el Almirante santo y un Ángel de la Independencia

La instauración y difusión de los centenarios debe mucho a la corriente o escuela positivista, inspirada en las obras del francés Auguste Comte y del británico John Stuart Mill, partidarios de que el único conocimiento auténtico era el científico. Confiados en llegar a conocer las leyes de la naturaleza y a situar a la humanidad en la senda del progreso, patrocinaron congresos, exposiciones universales y un calendario anual que, a imagen del religioso, honrase cada día de cada mes, a lo largo del año, a un bienhechor de la humanidad y a los acontecimientos que hubieran supuesto un paso decisivo en su evolución. Se buscaba construir una historia civil y laica del progreso humano en sus múltiples manifestaciones. Así nacieron las costumbres públicas de los centenarios: como justo tributo de admiración y gratitud a los grandes hombres y a los sucesos que influyeron poderosamente en la historia general del mundo o en la particular de algún pueblo.

Hasta aquí todo bien, pero lo que ocurrió fue que los centenarios pronto imitaron las ceremonias y las prácticas religiosas: las procesiones cívicas, los lugares de peregrinaje, las grandes concentraciones frente al altar de los descubridores, poetas y pintores, las medallas conmemorativas, la obsesión por el archivo y la mano del político o mandarín de turno para encumbrar al personaje elegido y echar fuego del olvido al resto de los posibles conmemorados.

Las conmemoraciones centenarias se iniciaron en España en 1876 con la dedicada al ilustrado padre benedictino Benito Jerónimo  Feijóo. Sin duda, un buen principio por ser uno de los pensadores más punzantes y brillantes de la historia de España. Le seguirían los centenarios de Pedro Calderón de la Barca, el pintor Juan de la Cruz y Álvaro de Bazán, primer marqués de Santa Cruz. Toda esta nómina de personajes tenía, sin duda, suficientes méritos para ser conocida y admirada por los españoles. Los centenarios, con su estela de reediciones, ceremonias públicas e inauguraciones de monumentos, cumplieron lo que esperaban sus impulsores. Fueron didácticos (aumentaron los lectores y admiradores), recuperaron la memoria (aunque sesgada y acomodaticia) y salvaron de la piqueta varios edificios, especialmente las casas natalicias, a la vez que decoraban las fachadas, las plazas y las avenidas con esculturas, columnas, rotondas, farolas y bancos decorados con banderas e imágenes de los héroes nacionales. A pesar de este gran despliegue de esfuerzos, los detractores de los centenarios surgieron con gran rapidez.

Las primeras voces discordantes aparecieron en 1892, cuando el IV Centenario del primer viaje de Colón invadió la vida de los españoles. Italia y los Estados Unidos promovieron una celebración del marino genovés, que había sido convertido desde mediados del siglo XIX en un héroe romántico y hasta en un mártir del catolicismo con serias posibilidades de subir a los altares como magistralmente narró el cubano alejo Carpentier en El Arpa y la Sombra (1978). Frente a esta corriente, la mayoría de los historiadores y periodistas españoles apostaron por un centenario nacional. En palabras del marino e historiador Cesáreo Fernández Duro: “España habrá de enaltecer entonces primero y ante todo a España, por aceptar la grande empresa, para lo cual las otras carecían de aptitud y arrojo”. O en palabras del periodista Ángel Stor: “Hay en el descubrimiento de América un personaje más grande que Isabel y Fernando el Católico, más grande que Colón mismo. Este personaje es España, verdadera protagonista de aquella maravillosa epopeya”. En consecuencia,  se produjo un torneo honorífico entre España, Italia y Estados Unidos, que echaron un pulso por protagonizar el centenario.

Al final hubo un empate técnico. Italia reforzó la figura de Colón gracias a Raccolta Colombina, colección documental extraordinaria sobre el marino genovés que cimentó los nuevos estudios y que sirvió de modelo a las lujosas colecciones y álbumes conmemorativos independentistas que financiaron los diversos gobiernos republicanos a partir de 1910. Los Estados Unidos mostraron al mundo su poderío con la Exposición Universal de Chicago (1893) y España fue el escenario multicolor de lo banal y lo profundo, lo chabacano y lo serio, la pandereta y la serena pluma. Las admoniciones “Vete a hacer el indio” y “que te den dos duros” constituyen los recuerdos populares de unos festejos que terminaron con algaradas y disturbios por la falta de coordinación. Pero también se recuperaron numerosas páginas olvidadas de la presencia española en América y Oceanía, y se cimentaron iniciativas y amistades que serían utilizadas hasta por los exiliados de la Guerra Civil.

¿Todo ello hubiera ocurrido sin el centenario? Posiblemente, pero hubiera costado más. Las conmemoraciones de 1892 sirvieron para popularizar la hazaña colombina, recordando a sus decisivos colaboradores españoles, y para que los diferentes lugares con héroes americanistas los festejaran, sobre todo si se trataba de misioneros, descubridores y conquistadores. El IV Centenario permitió que los esfuerzos de escritores, científicos y políticos por impulsar las relaciones entre América y España encontraran más medios y facilidades para difundir sus deseos y arengas, aunque buena parte de los esfuerzos quedaran sólo en eso. Hubo, eso sí, docenas de crónicas de América que se editaron por primera vez, congresos que debatieron medidas comerciales, financieras, científicas y sociales, y exposiciones que mostraron piezas precolombinas a un público deslumbrado. Las conmemoraciones de 1892 se extendieron por los cinco continentes, si bien, como cabía esperar, fue en América donde encontraron más apoyos. En general, si exceptuamos los grandiosos fastos de los estadounidenses, las repúblicas del centro y del sur repitieron los programas y celebraciones europeas con ayuda de las colectividades de migrantes de Italia y España. La experiencia de 1892 había sido muy positiva, a pesar de los excesos y errores cometidos, aunque sólo fuera por servir de ensayo a los centenarios de las independencias que comenzaron en 1910.

Los (re)padres de las repúblicas: un debate patriótico

Hace cien años las conmemoraciones de las independencias de las diversas repúblicas americanas preocuparon a los políticos de ambos lados del Atlántico. La coyuntura internacional se presentaba más favorable para España que en 1892, una vez que había perdido la totalidad de sus territorios americanos y filipinos en 1898, dejando de ser una potencia colonial. Además, las ambiciones de los Estados Unidos provocaron que muchos intelectuales y políticos de la época abogaran por el hispanismo como único modo de frenar su agresivo expansionismo. Pero esta corriente de simpatía tenía que convivir con otra de rechazo del legado hispano, profundamente arraigada y que se manifestaba en los desfiles, las representaciones teatrales, las analogías poéticas, los discursos patrióticos y las ceremonias anuales que recordaban a los héroes de las guerras contra España.

Tras la independencia, se elabora una imagen del indio como ancestro metafórico que sería liberado gracias a la independencia. Los discursos patrióticos comparan a Moctezuma con los grandes caudillos de España y Roma, y unen simbólicamente la década de 1820 con la América prehispánica, negando el periodo colonial y la herencia española. Esta corriente histórica domina en varias repúblicas durante gran parte del siglo XIX. Su uso, como ha estudiado Rebecca Earle, está asociado a los logros del partido liberal, aunque pensadores de otras corrientes también utilizan esta versión indianesca del pasado. España se convierte en la usurpadora e invasora de unos idílicos imperios indígenas que ahora vuelven a resurgir. Por supuesto, la crueldad y la inhumanidad hispanas de las primeras décadas de la conquista se extienden a las calamidades, violencia y desastres del período independentista, aunque estemos ante auténticas guerras civiles y los políticos e intelectuales republicanos, como vástagos de viejos linajes y colaboradores con los funcionarios reformistas, tengan alguna responsabilidad en lo bueno y en lo malo del régimen colonial.

Uno de los debates más interesantes de esos momentos tiene como protagonistas a los padres de la patria. No a todos los nuevos republicanos les gustaba la idea de celebrar a los monarcas precolombinos, sobre todo en los países y estados donde las virtudes de estos reyes legendarios no estaban consensuadas o simplemente no existían. Entonces, se buscó el acuerdo en torno a los jefes rebeldes y a las fechas de las batallas que derrotaron a los ejércitos realistas. Surge así un calendario independentista que ha llegado a nuestros días con pocas modificaciones. Los argentinos celebraron su libertad en mayo; los venezolanos y los colombianos en julio; los bolivianos, ecuatorianos y uruguayos en agosto; pero será septiembre el mes más independentista, repartiéndose a lo largo del mismo las fiestas patrias de, entre otros, salvadoreños, guatemaltecos, hondureños, nicaragüenses, mexicanos y chilenos. Las incorporaciones más modernas a este calendario son el 26 de julio (Día de la Rebeldía Nacional, en Cuba), el 19 de julio (Revolución Sandinista) y el 4 de febrero (Día de la Dignidad Nacional, instaurada por Hugo Chávez).

En consecuencia, al terminar el siglo XIX, los hispanoamericanos tenían dos tipos de padres. Por un lado estaban Moctezuma, Cuautémoc, el Inca, etcétera, y, por otro Hidalgo, Iturbide, Bolívar, San Martín, Sucre y otros caudillos independentistas. Ellos eran los padres fundadores y así queda recogido en una abundante literatura reiterativa y machacona que utiliza figuras de una a otra lista. Los desfiles, que antes portaban a santa Rita de Casia y a san Nicolás de Bari, ahora se inician con representaciones de la corte de México-Tenochtitlan y con san Miguel Hidalgo, siempre llevando el estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe, por aquello de que el cambio no fuera tan brusco.

Es por tanto comprensible que la aparición de escritos en los últimos años del siglo en lo que se defendía que el verdadero padre de la nacionalidad mexicana era Hernán Cortés iniciase un debate de gran calado, que llevó al exilio a algunos escritores como, por ejemplo, el periodista español Adolfo Llano de Alcaraz. Al llegar los centenarios de las independencias en 1910, a los dos grupos de padres anteriores se les agregó un tercero: Pizarro, Alvarado, Belalcázar, Pedrarias Dávila, Hernán Cortés. Hay que señalar que esta postura no era nueva del todo, que había sido promovida por diversos políticos y escritores a lo largo de la centuria, sobre todo los que defendían la evangelización y los círculos conservadores, pero ahora toma una dimensión social nueva en torno al renacimiento de un mundo hispano que debía enfrentarse al poderoso enemigo cultural y económico del norte. En resumen, una nueva guerra simbólica entre Ariel y Calibán permitió recuperar el pasado colonial e insertarlo en la memoria histórica.

Sobre centenarios, festejos y una machacona radio

En México, el primer centenario de la independencia comenzó en 1910, si bien la rememoración del Grito de Dolores contaba con una larga tradición. Por ejemplo, el Ayuntamiento de la capital azteca promovió en 1825 la celebración solemne del aniversario del 16 de septiembre como el día de la patria. Juan Wenceslao Barquera, presidente de la corporación, pronunció la primera oración patriótica que conocemos, extendiéndose esa práctica a otros estados mexicanos e, incluso, a otros países americanos. En los años siguientes, las ceremonias se fueron enriqueciendo, aunque no faltaron las controversias. Volviendo a México, se discutió durante décadas sobre el día para conmemorar la independencia de la patria. Junto al 16 de septiembre, se barajaron el 11 y el 27 del mismo mes, que correspondían con la acción del general Antonio López de Santa Anna en Tampico contra la expedición reconquistadora del general español Isidro Barradas en 1829 y con la entrada victoriosa del EjércitoTrigarante a la ciudad de México bajo el mano del general Agustín de Iturbide en 1821, o incluso con el 4 de octubre, día de la aprobación de la primera constitución federal en 1824.

También se produjeron a nivel continental constantes debates sobre los contenidos de los discursos oficiales, que variaban según los años, los gobiernos y las regiones. En muchas ocasiones, el discurso patrio se llenó de referencias religiosas. En otras, lo más reseñable era la desidia del pueblo. Por último, con los años, lo que más pesó fue la monotonía de las celebraciones. En 1909, un año antes del primer centenario de 1810, una revista mexicana comentaba que “como de costumbre, se han celebrado porque los actos han sido los mismos: iguales a los adornos, idénticos los discursos y las poesías. Nada ha cambiado. Para la celebración de nuestra fiesta nacional hemos acabado por encerrarnos en un círculo del cual no salimos. No hay inventiva. Los números de los programas se han petrificado y difícil parece que lleguen a variarse” (El mundo Ilustrado, 19 de septiembre de 1909).

Estas manifestaciones críticas –que se repitieron en otras repúblicas- no cayeron en saco roto, pues el primer centenario de la independencia vino a resucitar las soporíferas celebraciones anuales y a darles un esplendor inusitado, sobresaliendo aquellos países que vivían coyunturas económicas favorables, tenían altas tasas de emigración y gobiernos estables. Fue el caso de Argentina, Chile o el México de Porfirio Díaz lo que no impidió que el último cohete de las fiestas centenarias coincidiese literalmente con el primer tiro de la Revolución mexicana.

Como una epidemia que recorrió todo el continente, desde Río Bravo a la Patagonia se formaron comisiones centenarias que privilegiaron las grandes obras de infraestructura, la participación popular y todo aquello que recibiese el marchamo de nuevo o progresista. Así, el número de construcciones que se inauguraron entre 1910 y 1924 fue muy elevado. Se levantaron gigantescos edificios, grandes avenidas, elecciones de ferrocarril, dársenas, escuelas de hospitales, manicomios, universidades, palacios de comunicaciones.

Capítulo aparte merecen los numerosos monolitos, esculturas, arcos y placas conmemorativas. Porfirio Díaz mandó construir una gran columna rematada por el Ángel de la Independencia, mientras en la colombiana Barranquilla la colonia siria obsequiaba a la ciudad una modesta estatua de la Libertad. Estos regalos de colonias extranjeras fueron frecuentes en esos años que se caracterizaron por la llega de gran cantidad de emigrantes. En la ciudad de México los alemanes costearon una estatua de Alejandro de Humboldt, los españoles otra de Isabel la Católica, los franceses eligieron a Pasteur y los italianos a Garibaldi. Los turcos y chinos, más prácticos, obsequiaron a los habitantes de la capital mexicana con sendos relojes públicos. Por último, hay que mencionar el éxito del término centenario para bautizar poblados, colonias, barrios, avenidas, carreteras, puentes y hasta una plaza de toros, radicada en Tlaquepaque (Jalisco).

Otra dimensión importante de las conmemoraciones centenarias fueron las actividades culturales. Sobresalieron, con financiación pública, las grandes colecciones documentales, las biografías de los principales caudillos y heroínas y los álbumes conmemorativos, de gran despliegue gráfico. Pero no faltaron las obras de divulgación, las novelas por entregas, las estampas y los números extraordinarios de periódicos y revistas. Con gran frecuencia se programaron funciones patrióticas. Músicos y poetas se dieron la mano para alabar a los héroes de la independencia y cantar las excelencias de la nueva patria liberada.

Un aspecto muy cuidado por la mayoría de los gobiernos a los que les tocó administrar las repúblicas en los años centenarios fue la participación ciudadana. En muchos casos, las iniciativas partieron de los propios colectivos ciudadanos o profesionales, pero los mandatarios pronto canalizaron estos proyectos. En la ciudad de México, en el mes de septiembre de 1910, pasearon por sus céntricas calles las siguientes cabalgatas y desfiles Día 2: Recepción de la pila bautismal de Miguel Hidalgo y Costilla. Día 4: Desfile de carros alegóricos del Comercio, Banca e Industria. Día 6: La jura de la bandera por seis mil niños en la plaza de la Constitución. Día 12: Manifestación de estudiantes en el monumento a Juárez. Día 14: Gran procesión cívica de todos los elementos de la sociedad mexicana y marinos extranjeros, en la avenida San Francisco. Día 15: Gran desfile histórico. Fiesta de la Beneficiencia Pública y conmemoración de El Grito, seguido de fuegos artificiales. Día 19: Gran paseo de obreros ejecutado con antorchas. Por último, el día 30, hubo una gran ceremonia de conmemoración a los héroes en el monumento a la Independencia y un desfile de mujeres.

Otras actividades muy demandadas fueron los congresos y las exposiciones. Estas últimas, nacidas a la par que los centenarios, sirvieron para mostrar los adelantos de las repúblicas y para educar a los ciudadanos en un determinado modelo de pasado histórico como sostén de su identidad, si bien no dejaron de inaugurarse otras expediciones menos trascendentales, como las dedicadas, por ejemplo, a las fotografías, figuras de cera o artesanías japonesas, novedades muy demandadas por el público de la época. Otra innovación de las celebraciones de los cien años de las independencias fue la amplia utilización de la electricidad en la decoración de las calles, que convirtió la noche en día: México consumió durante el mes de septiembre de 1910 más de 168 millones de vatios. Tanto derroche de luminarias contrastó con la oscuridad de las alcantarillas de ciudades como Bogotá o Santiago de Chile, obras que también se inauguraron por aquellos meses “para loor y gloria del Centenario”.

En estas celebraciones, la colaboración de las colonias españolas de inmigrantes fue muy importante en todo el continente, cooperación que fue ratificada por la visita de importantes personajes de la política y de la casa real española. El marqués de Polavieja presidió la delegación que acudió a México, la infanta Isabel fue enviada a Buenos Aires y hasta un descendiente del general Pablo Morillo, jefe del ejército de reconquista de Tierra Firme y destacado realista, estuvo en Venezuela. Muestras de estima por el pueblo español se vieron en todo el continente; se inauguraron calles dedicadas a Isabel la Católica y a otros personajes peninsulares. Así uno, de los rasgos destacados de esta celebración fue el hispanismo, que para algunos sancionaba la mayoría de edad de las repúblicas y permitiría considerar el pasado colonial como una herencia más. En la cabalgata realizada en la ciudad de México en 1910, los participantes se dividieron en varios grupos que representaron el abrazo simbólico de Cortés y Moctezuma. Este renacimiento de la amistad hispanoamericana, como muchos políticos y publicistas lanzaron a los cuatro vientos, no fue pasajero, aunque tampoco se debería generalizar a todos los rincones del continente. En la capital mexicana, durante la fiesta de la Raza de 1942, año en el que se celebró el 450 aniversario del descubrimiento de América, los mexicanos entonaron Las mañanitas y contemplaron un desfile compuesto por caballeros aztecas, Cortés a caballo con la Malinche descalza a su lado, próceres independentistas como el cura Hidalgo, Morelos con su pañoleta y Vicente Guerrero. Para rematar la parada, varios jóvenes con la bandera mexicana se arremolinaban en torno a una joven vestida de Adelita, porque también la Revolución de 1910 era una fiesta de la raza. En un salón menos concurrido, el presidente de las cortes republicanas americanas salvarían a Europa y a España de la barbarie. En la radio, una locutora insistía machaconamente: “Colón descubrió América. Descubra usted su independencia económica. Adquiera una casa en la colonia Guadalupe Insurgentes”.

¿Qué vadis, bicentenario?

En vísperas de los bicentenarios de la independencia de América, soy pesimista en relación a las novedades que se puedan introducir en los programas de los diversos colectivos y gobiernos. Se repetirán las exposiciones, las inauguraciones de edificios, monumentos y avenidas, los congresos, las bibliotecas temáticas, los desfiles y los discursos patrios. Estos últimos preñados de guiños a la historia de bronce, a pesar de que la historiografía sobre las independencias viene dando muestras de una vitalidad incuestionable, poniendo a disposición de los investigadores materiales inéditos en todo el mundo, multiplicándose las perspectivas (por ejemplo, de género) antes poco consideradas y haciendo uso de todos los recursos tecnológicos para que los nuevos hallazgos y análisis académicos lleguen a un mayor número de personas. Todo este esfuerzo ¿servirá de algo? Sin ser triunfalista, creo que los bicentenarios pueden desterrar para siempre la vieja y simplona mirada a las independencias como contiendas singulares entre los buenos y los malos, y mostrarlos como lo que fueron: guerras civiles. Sería interesante analizar el proceso a escala atlántica y ponderar la complejidad de su desarrollo desde la experiencia liberal gaditana a la última asonada en los cuarteles, a la vez que se profundiza en la idea de que los pueblos de ambas orillas del Atlántico lucharon para librarse del pasado y construir una sociedad nueva. Por lo demás, el aumento de la cooperación dependerá de la superación de la crisis económica, que, por desgracia, no entiende de bicentenarios. Pero, por encima de todo, quizás habría que recordar el acta de nacimiento de los centenarios: dar a conocer a todos los hombres y mujeres las ideas y los sucesos que cambiaron la vida de la humanidad. Si éste es su sentido, ¿por qué no recordar a los médicos, investigadores, misioneros o periodistas que han denunciado la corrupción y el narcotráfico en los últimos años? El desconocimiento entre España y sus antiguos territorios y entre ellos mismos sigue siendo uno de lo problemas más graves de la comunidad iberoamericana. Entonces, ¿por qué no invertir más en educación y en popularizar los avances de los historiadores y las ideas de futuro de los pensadores y políticos comprometidos? Si, como he escrito en otra parte, los centenarios son espejos de la sociedad que conmemora, y se han convertido en radiografías privilegiadas para conocer la política, la sociedad y las corrientes culturales de un país, en los próximos años tendremos la oportunidad de medir el grado de integración de la gran familia iberoamericana, de constatar sus problemas y diferencias, de remarcar los acercamientos y acuerdos y de cuantificar el avance del indigenismo en detrimento del criollismo en muchas de las conmemoraciones.

Otro enigma que se desvelará en el futuro permitirá saber si la postura de la España oficial sigue con la estrategia del acompañamiento y con el mensaje autocrítico, o adopta una posición más flexible adaptada a los momentos y a las circunstancias. Pero en lo que estoy de acuerdo es que cualquier política iberoamericana que quiera triunfar deberá ir acompañada de un proyecto docente e investigador, que potencie el conocimiento mutuo, la cooperación a varios niveles y que aborde, sin complejos, los errores del pasado: de todos los pasados. Es una importante tarea para el gobierno español y para su carismático representante, que no debería actuar ni de acompañante ni de adorno, sino asumir un papel protagonista en la evocación del proceso dramático de las independencias.

Salvador Bernabéu Albert

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